Mi madre siempre me pregunta lo mismo cuando nos acercamos a los dÃas finales de mis mútiples estancias en Toledo. Me dice con su tono guasón que anuncia el cariñoso puyazo que se avecina: “Qué, ¿tienes ganas ya de irte?”
La implicación es clara: como dices que somos unos pesados y estamos encima tuyo todo el dÃa, pues seguro que al irte te liberas de tanta supervisión y vuelves a hacer lo que quieres en la distancia.
Claro está que no es esa la mejor descripción del mejunje de sentimientos que se le avecinan a uno cuando está a punto de hacer las maletas para volverse a “casa” (si es que definimos “casa” por el sitio en el que se pasa la mayorÃa del tiempo) más bien todo lo contrario: a mi siempre me cuesta marcharme de donde estoy, sea los Estados Unidos o España, para luego adaptarme en realidad muy fácilmente y no saber el por qué de esa sensación de ansiedad que te llega los dÃas antes de partir.
En los últimos viajes he empezado a pensar que el problema viene del enfoque dado a las visitas a España. Siempre parecen interrupciones, discontinuidades en un vivir lejos cuando se abre el pequeño paréntesis de la visita a los padres, familiares y amigos.
Como empecé hace poco a pasar más tiempo y trabajar desde Toledo empecé a encontrar un cierto equilibrio entre los viajes y esa sensación de discontinuidad. Ya no son 2 vidas separadas en el espacio y sequenciales en el tiempo, multiplexadas cual banda sonora original de pelÃcula en el DVD de tu vida. Es una sola, y con el paso del tiempo estoy intentando que parezca más eso y no lo otro.
Hay infinidad de maneras en las que la distancia no tiene que significar desconexión, ¿por qué no las sacamos a relucir poco a poco todas aquà juntos?